Nací en Capelle, un pequeño pueblo en el norte de Francia, a poco más de dos horas de Calais o Dunquerque. Capelle se encuentra en un paraje bucólico, verde y húmedo, rodeado de campos de cultivo. Escucho el nombre de mi pueblo y pienso en aquellos primeros años de mi vida, y siento una sensación de libertad. Todo allí estaba a mi alcance para poder experimentar, para poder descubrir.

En mi paisaje infantil siempre está la cabaña de madera que teníamos en la parcela donde estaba mi casa. Aquella cabaña hacía las veces de almacén; en ella guardábamos el cortacésped, herramientas y otras tantas cosas. Desde muy niño pasaba las horas allí, arreglando bicicletas, pintándolas, fabricando espadas de madera, arcos o cualquier otra cosa que pudiera servirme a la hora de defenderme de los enemigos imaginarios que la infancia crea y a los que siempre se puede vencer con una espada de madera.

Durante mi adolescencia hice mucho deporte y también tuve mis primeros contactos con el arte. Me comenzaron a interesar la arquitectura y la música, y hasta formé un grupo musical con amigos. Dimos algunos conciertos, aunque sin demasiado éxito, y pronto comencé la universidad. El primer recuerdo de mi etapa universitaria fueron las distintas estaciones donde el tren paraba hasta llegar a Valenciennes.
Eran estaciones antiguas, de ladrillo rojo, típicas de Flandes, con vigas de hierro potentes y elegantes que, años más tarde, tuvieron una influencia decisiva en mis creaciones.

Mi curiosidad innata me empujó a ver otros horizontes. Viví en ciudades como Lille, Londres o Madrid. Ahora vivo en un pueblo de Castilla-La Mancha: la vuelta a los orígenes, al campo. Fue esta misma curiosidad la que me impulsó a explorar y experimentar con la fotografía o la pintura. Sin embargo, yo sentía la necesidad de hacer algo más físico, más rudo, algo con lo que pudiera tranquilizar esa sensación de tormenta que llevo dentro de mí, pero sin apagarla, solo acompañándola.

Combinar hierro forjado, madera y otros materiales en diseños propios es algo que me provoca una extraña satisfacción, algo físico y dulce a la vez, que estimula mi curiosidad. Comencé a dibujar algunas composiciones, a resolver algunos problemas, a realizar varios encargos, hasta llegar aquí. Pero me faltaba el nombre para este proyecto; pensé en muchos y descarté todos porque les faltaba autenticidad, esencia. Fue mi mujer quien tuvo la idea: llámalo “Capelle”.

“Capelle”, el pueblo que me vio crecer, era el nombre perfecto. En Capelle estaba la cabaña de madera. A Capelle vuelvo hoy para crear diseños con la madera de las espadas infantiles y el hierro forjado de las vigas de las estaciones que me llevaban a Valenciennes. Diseños que mantienen viva una ilusión.